Especialistas citaron conductas frecuentes y silenciosas que podrían influir más de lo pensado en un evento neurológico grave
Pasar demasiado tiempo sentado, consumir alcohol y excederse con el sodio en comidas de restaurante concentraron tres de los hábitos que cardiólogos consultados por EatingWell identificaron como subestimados en el riesgo de accidente cerebrovascular. La advertencia importó por su frecuencia: la Organización Mundial de la Salud registró 11,9 millones de nuevos casos en 2021 y estimó que uno de cada cuatro adultos mayores de 25 años sufrirá uno a lo largo de su vida.
Los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos informaron que en ese país ocurre un ACV cada 40 segundos, con casi 800.000 casos por año. La mayor parte de esos eventos, según ese organismo y la publicación, estuvo vinculada a hábitos modificables.
Hacer ejercicio redujo el riesgo de ACV hasta un 40%, pero ese beneficio no anuló los efectos de permanecer inmóvil el resto del día. Samantha Benin explicó a EatingWell que pasar la mayor parte de las horas sentado frente a un escritorio o una pantalla sin pausas mantuvo alto el riesgo cardiovascular.
El sedentarismo prolongado se asoció con más riesgo
Un estudio publicado en Stroke vinculó actividades como caminar, usar la bicicleta o hacer tareas domésticas con una menor probabilidad de ACV. La misma investigación asoció pasar más de cuatro horas diarias frente al televisor, los videojuegos o la computadora con mayor riesgo, porque el sedentarismo prolongado puede dañar los vasos sanguíneos que irrigan el corazón y el cerebro.
La recomendación que recogió la publicación fue levantarse y caminar unos minutos cada hora. El punto central no quedó puesto solo en cumplir con una rutina de ejercicio, sino en interrumpir el tiempo continuo de inactividad.
El alcohol dejó de verse como protector
La idea de que el vino tinto en cantidades moderadas protegía el corazón quedó desactualizada, según EatingWell. Investigaciones recientes citadas por la publicación indicaron que incluso el consumo moderado de alcohol puede aumentar el riesgo de fibrilación auricular, presión arterial elevada y ACV.
Otro estudio publicado en Stroke concluyó que el riesgo de ACV fue más alto en personas que bebían de forma moderada. Entre quienes toman poco durante la semana pero se exceden los fines de semana, el riesgo osciló entre 47% y 241% más que en quienes no beben, en hombres y mujeres, respectivamente.
Benin advirtió a la publicación que el alcohol debe evaluarse dentro de la salud general y no asumirse como un factor protector. El hallazgo apuntó a que la cantidad baja no necesariamente equivale a ausencia de riesgo.
Una sola comida puede superar el sodio diario
La Asociación Americana del Corazón señaló que una hamburguesa o un sándwich de comida rápida puede superar el límite diario recomendado de 2.300 miligramos de sodio. La pizza con carnes también apareció entre los alimentos con mayor contenido de sal.
Sirisha Vadali explicó a EatingWell que consumir todo ese límite en una sola comida hace que cualquier ingesta posterior eleve la presión arterial y deteriore las arterias. Cuando ese patrón se repite en el tiempo, se convierte en un factor silencioso de riesgo de ACV.
Llevar un registro del sodio total diario fue la sugerencia que recogió la publicación. La observación de la especialista apuntó a no considerar cada salida a comer como un episodio aislado.
La fibra, los GLP-1 y el estrés
EatingWell también reunió hábitos y medidas que los especialistas asociaron con una reducción del riesgo. Benin indicó que incorporar más fibra mediante frutas, verduras, legumbres, cereales integrales y semillas ayuda a controlar colesterol, glucemia, inflamación y presión arterial, todos factores relacionados con el ACV.
Vadali agregó que, en personas con diabetes tipo 2 y enfermedad cardiovascular, medicamentos tipo GLP-1 como la semaglutida mostraron reducir el riesgo de ACV entre 15% y 39%, según un análisis publicado en PubMed.
El estrés crónico también incidió, de acuerdo con la publicación, porque puede desencadenar una cascada inflamatoria que favorece la ruptura de placas en las arterias y la formación de coágulos. La prevención incluyó gestionar las fuentes de estrés y desarrollar mecanismos de afrontamiento saludables.