Los registros comparados muestran una pauta dominante y abren una pista sobre la curiosidad, la tolerancia y el cuidado fuera del propio grupo
Un estudio internacional liderado por la Universidad de Oxford sostiene que el vínculo de humanos con animales como compañeros podría tener raíces evolutivas compartidas con otros primates: la revisión, publicada en Primates, reunió 427 casos de interacción social entre 88 especies de primates y 127 especies asociadas, y concluyó que esas conductas no son episodios aislados sino patrones extendidos.
La base del trabajo incluyó registros de la literatura científica, material audiovisual difundido en medios y testimonios de especialistas en primatología. Los autores identificaron más de 200 combinaciones de especies y ordenaron esas relaciones en 17 subtipos de comportamiento.
La mayor parte de los episodios ocurrió fuera del cautiverio. Hubo 310 interacciones en estado silvestre y 110 en cautiverio; entre los casos en libertad con contexto conocido, el 90,3% involucró también a animales silvestres y el 67% correspondió a otras especies de primates.
Los primates iniciaron la mayoría de los contactos y el juego fue la conducta más frecuente
El estudio responde de forma directa a una pregunta de fondo: la búsqueda de compañía animal no sería un rasgo exclusivamente humano ni una costumbre reciente. Según la investigación, los primates no humanos también establecen vínculos sociales con otras especies y, en muchos casos, esos lazos son amistosos; el juego y el acicalamiento fueron las formas de interacción más frecuentes.
La dirección del acercamiento pudo determinarse en 219 episodios. De ellos, 144 casos, equivalentes al 66%, fueron iniciados por primates; 72, el 33%, resultaron bidireccionales; y solo tres, menos del 1%, comenzaron por especies no primates.
El análisis mostró además que estos vínculos aparecen con mayor frecuencia entre especies cercanas en términos evolutivos, aunque no se limitan a ese grupo. La revisión documentó relaciones con perros, aves, ardillas, reptiles, anfibios, insectos y malacostráceos.
Entre las combinaciones observadas en ambientes naturales, la más repetida fue la de capuchinos cariblancos panameños con monos araña de manos negras, con 19 casos. Después aparecieron los macacos japoneses con ciervos sika, con 12; los chimpancés con monos de cola roja, con 11; y los macacos rhesus con perros domésticos, también con 11.
A escala de familias zoológicas, la mayor concentración de registros se produjo dentro de Cercopithecidae. Luego destacaron las interacciones entre Cercopithecidae y cánidos y entre Cebidae y Atelidae.
Las crías jugaron más y las hembras adultas acicalaron con mayor frecuencia
La revisión encontró diferencias claras por edad y sexo entre los primates observados. Los juveniles y las crías fueron mucho más propensos a jugar con individuos de otras especies, mientras que las hembras adultas mostraron la mayor tendencia a acicalarlos; los machos adultos participaron muy poco en conductas afiliativas interespecíficas.
Los autores interpretan ese patrón como una prolongación, entre especies distintas, de una trayectoria ya conocida en la vida de los primates. El juego predomina en los primeros años y el acicalamiento gana peso con la llegada de la adultez.
Uno de los resultados contradijo una expectativa inicial del equipo. En 81 casos donde se conocía la edad del receptor, no hubo diferencia estadísticamente significativa: 44 interacciones se dirigieron a adultos y 37 a jóvenes.
Dentro del grupo de hembras adultas, la tendencia cambió con fuerza. De 34 casos, 25 interacciones afiliativas se dirigieron a adultos y solo nueve a individuos jóvenes.
El profesor asociado Cyril C. Grueter, de la Escuela de Antropología y Etnografía de Museos de la Universidad de Oxford, explicó: “Durante mucho tiempo, se ha considerado que los humanos son únicos en la formación de relaciones sociales estrechas con otras especies. Nuestro estudio demuestra que muchos primates también muestran una notable curiosidad, tolerancia e incluso cuidado hacia animales que no pertenecen a su misma especie”.
Grueter añadió: “Estos comportamientos no equivalen a la tenencia de animales tal como la conocemos, pero podrían representar algunos de los pilares evolutivos a partir de los cuales surgió la relación de compañerismo entre humanos y ellos”.
La revisión registró adopciones, cuidados prolongados y 13 muertes por manipulación violenta
Entre los ejemplos recogidos figuran macacos de cola corta que acicalan a perros domésticos en Tailandia, langures grises que acarician ardillas gigantes en Sri Lanka, monos narigudos jóvenes que juegan con cerdos domésticos en China y lémures de cola anillada que acicalan a lémures de bambú en Madagascar.
La revisión también incorporó un caso documentado por primera vez en Brasil en 2006. Capuchinos salvajes adoptaron a una cría de tití, que permaneció integrada al grupo al menos durante diez meses y recibió cuidados maternales de dos madres adoptivas sucesivas.
El artículo menciona además a una macaca crestada subadulta en un zoológico de Israel que adoptó una gallina que había entrado en su recinto. También recupera la historia de Koko, la gorila occidental que desarrolló un vínculo con un gatito llamado All Ball, al que cargaba, acicalaba y protegía.
No todas las interacciones fueron afiliativas. Los autores documentaron 26 episodios violentos: 21 dirigidos a especies no primates y cinco a otros primates; además, reunieron 13 casos confirmados de muerte por manipulación violenta, entre ellos siete aves, dos pangolines, un gato doméstico y tres primates.
En otro episodio citado por la publicación, un babuino macho en Arabia Saudita pareció secuestrar a un cachorro doméstico y lo llevó consigo durante largos períodos. Los autores advirtieron que el conjunto de datos no mide la frecuencia real de estas conductas en la naturaleza, porque la heterogeneidad de las fuentes puede sesgar la muestra hacia episodios más llamativos o más fáciles de registrar, como el juego, y dejar menos representados los casos en zoológicos.
El trabajo también reconoce la falta de datos sistemáticos sobre duración, frecuencia y desenlace de muchas interacciones. Aun con esas limitaciones, Primates concluye que conductas como jugar, acicalar, cargar, compartir alimento o mantener proximidad física pueden atravesar fronteras entre especies bajo ciertas condiciones ecológicas y sociales.
Según Grueter, entender por qué algunas especies establecen con facilidad relaciones positivas con otras podría ayudar a mejorar la gestión de grupos mixtos en zoológicos y santuarios. El investigador sostuvo además que los hallazgos ofrecen nuevas perspectivas sobre la evolución de la empatía, la flexibilidad social y la capacidad de los primates para interactuar con animales de otras especies.
Los autores esperan que esta revisión impulse a los primatólogos a registrar de manera más sistemática estas interacciones, que a menudo pasan desapercibidas durante los estudios de campo de largo plazo.