El texto subraya que experiencias adversas en los primeros tres años pueden dejar efectos duraderos y que el bienestar emocional no depende solo del niño, sino de redes adultas disponibles, protectoras y continuas
La instalación Grass Babies de Ei Arakawa-Nash en la Bienal de Venecia convirtió este año al Pabellón de Japón en una escena de cuidado compartido: cada visitante debía cargar durante todo el recorrido uno de los 200 muñecos que integraban la obra, una experiencia que ligó el gesto físico de sostener a un bebé con una idea más amplia sobre la dependencia infantil y la responsabilidad colectiva en los comienzos de la vida.
Esos 200 bebés, confeccionados a mano por la madre del artista y otras mujeres de Fukushima, tenían un peso similar al de un lactante real. La consigna impedía dejarlos a un lado mientras se observaba la muestra: había que sostenerlos y caminar con ellos.
Al final del recorrido, los participantes debían simular un cambio de pañales. Ese acto activaba un código QR que generaba un poema asociado al cumpleaños de cada bebé, construido a partir de una intersección entre la historia personal de Arakawa-Nash y acontecimientos históricos y sociales de Japón y del mundo.
La experiencia estaba acompañada por una composición sonora creada con voces y balbuceos de los hijos del artista. Cada muñeco dejaba así de representar solo una vida individual para asumir también la condición de portador de una memoria colectiva.
La obra trasladó al espacio expositivo una tarea que suele permanecer fuera de escena
La imagen de hombres llevando a un bebé a caballito, mujeres tomándose selfis con ellos y una señora buscando un lugar cómodo para cambiar al muñeco asignado transformó la exposición en un gran espacio de cuidado. La escena hizo visible una relación que suele pasar inadvertida por cotidiana: la supervivencia de los bebés depende del sostén material y emocional de los adultos.
Esa idea remite al concepto de holding, formulado por Donald Winnicott para describir el sostén de cuidados físicos y emocionales que permite al niño sentirse seguro y protegido. Ser alzado cuando llora, recibir respuestas sensibles a sus necesidades y contar con una presencia estable aparecen allí como condiciones estructurantes del psiquismo.
También reaparece la expresión de Sigmund Freud “Su Majestad el Bebé”, con la que describió al bebé como centro narcisista del universo familiar y depositario de los sueños parentales. La fórmula parece inspirarse en una pintura victoriana en la que dos policías detienen el tránsito para dejar pasar a una niñera con un cochecito.
La escena resume una intuición persistente: cuando un bebé entra en el campo visual, concentra la atención de casi todos. Esa atracción, lejos de ser un detalle sentimental, forma parte de mecanismos que a lo largo de la historia de la especie ayudaron a garantizar su supervivencia.
Esa majestad aparente convive con una realidad menos idealizada. Ninguna etapa de la vida humana está atravesada por una dependencia tan absoluta de los cuidados de otros.
Un bebé necesita mucho más que ternura o admiración momentánea: necesita tiempo, disponibilidad, presencia, atención y capacidad de respuesta frente a sus necesidades. El sostén exige más que fascinación; exige continuidad.
La salud mental infantil temprana fue durante décadas un área relegada
Pese al lugar privilegiado que los bebés ocuparon en el imaginario familiar, su vida emocional permaneció durante mucho tiempo fuera del campo de interés de la ciencia, las políticas públicas y los sistemas de cuidado. La salud mental en la primera infancia es un área de desarrollo relativamente reciente.
Durante décadas, la atención se concentró en niños mayores, adolescentes y adultos. El sufrimiento, las necesidades emocionales y las experiencias subjetivas de los bebés quedaron escasamente consideradas.
Ese desinterés tiene antecedentes históricos precisos. En 1848, Henry Bigelow de Boston publicó el primer artículo norteamericano sobre el uso de la anestesia y escribió que era innecesaria para los infantes porque carecían del “recuerdo del sufrimiento”.
Durante mucho tiempo predominó la idea de que los bebés eran poco más que organismos biológicos y de que sus necesidades emocionales carecían de relevancia. Incluso algunas corrientes de crianza recomendaron dejarlos llorar durante largos períodos hasta que aprendieran a calmarse solos.
La pregunta central que surge de ese enfoque es directa: por qué se toleraría en un bebé un llanto desolado que en un adulto activaría de inmediato la búsqueda de ayuda. Los bebés no lloran para provocar o manipular; lloran porque necesitan algo, ya sea comida, abrigo, alivio frente al malestar o respuesta ante una sensación urgente de desasosiego.
Las investigaciones más recientes muestran que más del 20 % de los bebés experimentan al menos una vivencia adversa durante sus primeros tres años de vida. Esos efectos pueden extenderse durante décadas.
Cuando un niño atraviesa situaciones que desbordan su capacidad de comprensión y respuesta, puede expresar desconfianza hacia los adultos, miedo, aislamiento o retrocesos en el desarrollo. Esas manifestaciones son intentos de adaptación frente a experiencias que ningún niño debería atravesar.
La salud mental en la primera infancia no reside exclusivamente en el bebé, sino en la calidad de los vínculos que lo rodean. La capacidad de construir confianza, relacionarse con otros, explorar el entorno y desarrollar una vida emocional saludable emerge dentro de experiencias de cuidado estables, sensibles y protectoras.
El bebé, además, no es una superficie pasiva sobre la que los adultos imprimen su influencia. Desde el comienzo participa activamente de esos intercambios, los recibe, los interpreta y construye a partir de ellos una experiencia singular del mundo, de sí mismo y de los otros.
Por eso el cuidado no puede pensarse como una cuestión exclusivamente privada. Cada generación recibe a la siguiente en brazos, la nombra, la sostiene durante un tiempo y luego la entrega al mundo.
Los doscientos bebés que circularon por los jardines de la Bienal de Venecia condensaron esa interpelación: la salud mental empieza mucho antes de que existan las palabras y depende de la disponibilidad de los adultos para sostener, y de una comunidad dispuesta a cuidar a quienes cuidan.