Por qué la alergia a la proteína de la leche de vaca puede tardar meses en detectarse en bebés de Argentina

Signos dispersos y parecidos con malestares comunes de la primera infancia abren una sospecha difícil de confirmar para muchas familias


En Argentina, la APLV o alergia a la proteína de la leche de vaca puede demorar meses en ser identificada en bebés, aunque concentra cerca de un tercio de las alergias alimentarias infantiles, una demora que puede afectar la nutrición, el crecimiento y la vida cotidiana de las familias y que llevó a la Asociación Argentina de Alergia e Inmunología Clínica a lanzar una campaña nacional con consultas gratuitas.

La iniciativa permitirá pedir turnos hasta el viernes 4 de septiembre a través de www.pedirturno.com.ar para consultas presenciales o virtuales que se realizarán entre el lunes 7 y el viernes 11 de septiembre, en el marco de la Semana de la APLV. El objetivo es facilitar una evaluación especializada en un cuadro que, según la entidad, sigue siendo poco reconocido fuera de los ámbitos específicos.

Casi 1 de cada 100 niños en el país desarrolla una alergia alimentaria, y una proporción relevante de esos casos corresponde a la proteína de la leche de vaca. Según explicó la pediatra y alergista Silvana Monsell, presidenta de la AAAeIC, la dificultad diagnóstica radica en que la enfermedad no tiene una única forma de presentación.

En una entrevista con Infobae, la especialista sostuvo: “La alergia a la proteína de la leche de vaca muchas veces demora en diagnosticarse porque no está representada por un único signo o síntoma sino que puede manifestarse de distintas maneras. Incluso puede confundirse con problemas frecuentes de los primeros meses de vida, como cólicos, reflujo, constipación o dermatitis”.

La APLV suele confundirse con trastornos habituales de los primeros meses

La enfermedad suele aparecer cuando el bebé atraviesa sus primeros meses, una etapa en la que son frecuentes las consultas por llanto persistente, vómitos, eccemas, dificultad para evacuar o molestias digestivas. Esa superposición clínica hace que algunas familias pasen por varios consultorios antes de encontrar una explicación precisa.

Monsell señaló que uno de los principales desafíos es diferenciar síntomas aislados esperables de una combinación que requiere un análisis más específico. Cólicos, reflujo o dermatitis por separado no obligan a sospechar de inmediato una alergia alimentaria, pero la persistencia, la intensidad o la asociación entre varios signos pueden cambiar esa interpretación.

Entre los síntomas que deberían motivar una consulta especializada, la presidenta de la asociación mencionó diarrea persistente, deposiciones con sangre o moco, vómitos recurrentes, reflujo intenso que no mejora, constipación sostenida, eccemas resistentes al tratamiento, urticaria e hinchazón de labios o párpados tras el contacto con leche. En cuadros de mayor compromiso también pueden aparecer rechazo del alimento, dificultades para la ingesta y alteraciones en el crecimiento.

La especialista resumió ese criterio con una advertencia concreta: “Estos síntomas aislados no nos harían sospechar de una alergia a la proteína de leche de vaca, pero muchas veces la combinación de más de uno de estos debe hacer que hagamos una consulta temprana al especialista”.

Las dietas sin control médico pueden agravar el problema nutricional

Uno de los mensajes centrales de la campaña apunta a desalentar las dietas de exclusión decididas por cuenta propia. Frente a síntomas persistentes, algunas familias retiran leche u otros alimentos para observar si el cuadro mejora, pero esa práctica puede generar restricciones innecesarias y déficits nutricionales.

“Uno de los errores más frecuentes que vemos en la consulta son las dietas de exclusión sin una evaluación médica adecuada”, dijo Monsell. Y agregó: “Muchas veces son las propias familias las que, al ver que sus bebés no mejoran, intentan retirar algún alimento, como la leche, para observar si hay cambios, con las implicancias nutricionales que eso puede traer”.

El diagnóstico, remarcó la entidad, debe surgir de profesionales capacitados a partir de la historia clínica, la evolución del niño y la interpretación de los síntomas. Esa evaluación permite confirmar o descartar una alergia alimentaria y definir qué intervención corresponde, con el fin de evitar tanto el subdiagnóstico como el sobrediagnóstico.

La demora no solo prolonga el malestar del bebé. También puede interferir en la alimentación, el descanso y el desarrollo, y extender durante semanas o meses un período de incertidumbre para los padres, que muchas veces cambian fórmulas, modifican rutinas o consultan a distintos médicos sin obtener un diagnóstico claro.

“El impacto que puede tener un diagnóstico tardío en la salud del bebé es alto”, afirmó Monsell. La médica explicó que un niño con esta alergia sin reconocer puede mantener síntomas persistentes y dificultades para alimentarse, y que eso en algunos casos deriva en problemas de crecimiento o en una evolución nutricional desfavorable.

La especialista añadió al medio que esa carga también recae sobre quienes lo cuidan. “Cuando no se encuentra una explicación, los padres pueden pasar meses preocupados, cambiando fórmulas o alimentos, o realizando dietas de exclusión innecesarias, tanto de los bebés como de las mamás. Quienes están amamantando empiezan a restringirse también en los alimentos o consultan a distintos médicos sin llegar a un diagnóstico”.

La campaña ofrece turnos gratuitos y el tratamiento exige supervisión profesional

La campaña lanzada esta semana por la Asociación Argentina de Alergia e Inmunología Clínica ofrecerá consultas gratuitas con profesionales de todo el país, en su mayoría médicos alergistas. Para acceder, las familias deberán completar un breve cuestionario orientador sobre los síntomas del bebé y, con esa información, podrán reservar la consulta con el especialista más cercano.

“Con esta campaña gratuita, como sociedad científica queremos facilitar el acceso a una evaluación especializada y promover un diagnóstico temprano y de certeza de esta enfermedad cuando existen signos compatibles”, señaló Monsell. La entidad agregó que los síntomas pueden aparecer de inmediato tras la ingesta o recién varias horas, e incluso días, después, una distancia temporal que muchas veces dificulta vincular la reacción con la leche de vaca.

Una vez confirmado el diagnóstico, el tratamiento suele consistir en excluir la proteína de la leche de vaca de la alimentación sin comprometer el aporte nutricional. La estrategia depende de la edad del niño, del tipo de alimentación que recibe y de la forma clínica con que se presenta la alergia.

En los bebés con lactancia materna, esa opción sigue siendo la primera recomendación siempre que sea posible. Cuando hace falta un reemplazo o una alternativa, existen fórmulas medicamentosas indicadas según evaluación médica.

La información difundida por la AAAeIC añadió que en los últimos años ganó peso la investigación sobre la relación entre la microbiota intestinal y la APLV. De acuerdo con la entidad, los lactantes con esta alergia presentan una microbiota diferente de la observada en niños sanos, y por eso en quienes requieren fórmulas medicamentosas existe la posibilidad de optar por variantes con prebióticos y probióticos orientados a modular ese ecosistema intestinal.

Ese recurso no reemplaza el diagnóstico ni altera la indicación central de evitar la proteína desencadenante. La sociedad científica insistió en que toda conducta debe ajustarse a cada paciente y mantenerse bajo supervisión profesional.

“Si un niño presenta síntomas que generan preocupación, es importante consultar con un profesional. Una evaluación adecuada permitirá confirmar o descartar la APLV y evitar tanto que la enfermedad pase inadvertida como diagnósticos innecesarios”, indicó Monsell.

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