Investigadores de la Universidad del Sur de California analizaron células orales de 35 usuarios y observaron que los cambios genéticos variaron según el tipo de cigarrillo electrónico y el uso de varios aromas, además de la cantidad consumida
Los cigarrillos electrónicos o vapes alteran la actividad de miles de genes en las células de la boca y, a diferencia del tabaco convencional, ese efecto cambia no solo con la cantidad consumida sino también con el dispositivo y el sabor del líquido, según un estudio de la Universidad del Sur de California publicado en Frontiers in Oncology. Esa variabilidad, advirtieron los autores, vuelve más complejo evaluar su impacto biológico, clínico y regulatorio.
El trabajo detectó que en los vapeadores el 60,1% de los genes alterados fue exclusivo de ese grupo y no apareció en fumadores. Según la investigación de Jessica George y Ahmad Besaratinia, entre otros especialistas de la Facultad de Medicina Keck, ese dato refuerza que el vapeo produce un daño biológico propio y diferenciado.
Los investigadores también hallaron que los equipos de tercera generación y el uso de múltiples sabores mostraron los cambios genéticos más pronunciados. Según el estudio, no todos los vapes afectan al organismo del mismo modo.
El estudio encontró 3.124 genes alterados en vapeadores
Los cigarrillos electrónicos son dispositivos a batería que calientan un líquido con nicotina, propilenglicol y aromatizantes para generar un aerosol que se inhala. Ya se sabía que su uso se asocia con inflamación, cambios en el ADN y alteraciones en la expresión de genes vinculados con enfermedades como el cáncer.
Las investigaciones previas habían mostrado que esos productos modifican genes y vías moleculares en tejidos epiteliales, es decir, en las células que recubren superficies del cuerpo como la boca, la nariz o los pulmones. Según el texto del estudio, hasta ahora nadie había analizado de forma sistemática si esas alteraciones dependían de la cantidad consumida o del tipo de producto utilizado.
Para responder esa pregunta, el equipo de la Facultad de Medicina Keck trabajó con 83 participantes: 35 vapeadores, 24 fumadores y 24 no usuarios. Todos eran adultos sanos de distintas edades, razas y etnias reclutados en el área metropolitana de Los Ángeles.
Cada participante se enjuagó la boca con agua y luego los investigadores recolectaron células del interior de las mejillas con un cepillo suave. Después analizaron esas muestras con secuenciación de ARN, una técnica que permite identificar, gen por gen, cuáles están más o menos activos de lo normal.
El análisis mostró 3.124 genes con expresión alterada en vapeadores respecto de los no usuarios. En fumadores, la cifra fue de 2.180, según el estudio publicado en Frontiers in Oncology.
Cuando los autores evaluaron si esas alteraciones seguían un patrón según la dosis, encontraron otra diferencia. En fumadores, el 54,1% de los genes alterados respondió de forma consistente a todas las métricas de exposición: cantidad de paquetes fumados a lo largo de los años, años de consumo y niveles de cotinina en sangre.
En los vapeadores, esa proporción cayó al 27,6%. Según los investigadores, ese resultado indica que el daño genético del vapeo no sigue una lógica tan predecible como la del tabaco.
El cáncer apareció como la principal enfermedad asociada
El cáncer fue la enfermedad más asociada con los genes desregulados en ambos grupos. Según el estudio, el 90,8% de los genes alterados en vapeadores y el 92,8% en fumadores estuvieron vinculados con esa enfermedad.
La vía molecular más afectada en ambos casos fue el ciclo de las proteínas RHO GTPasa, un conjunto de proteínas pequeñas que regula procesos celulares como la división, la migración y la adhesión. Esos mecanismos son relevantes para el desarrollo de tumores.
Los autores señalaron que la estructura de las alteraciones transcriptómicas difiere de forma fundamental entre el vapeo y el tabaquismo. En su conclusión, escribieron: “Tanto el vapeo como el tabaquismo se asocian a perturbaciones transcriptómicas sustanciales en las células epiteliales orales, pero la estructura de estas perturbaciones difiere fundamentalmente entre ambos tipos de exposición”.
El estudio tuvo limitaciones reconocidas por los propios investigadores. Algunos subgrupos, en especial los usuarios de dispositivos de primera y segunda generación, tuvieron muestras pequeñas, lo que pudo reducir la capacidad de detectar diferencias.
Los equipos de cuarta generación tampoco estuvieron representados porque aún no eran de uso masivo al momento del reclutamiento. Además, los fumadores llevaban una mediana de 23 años con el hábito frente a tres años en los vapeadores, una diferencia que puede explicar en parte por qué las respuestas genéticas del tabaco resultaron más uniformes.
Los autores recomendaron ampliar las métricas de exposición, incluir usuarios de dispositivos de última generación y analizar si variables como el contenido de mentol o el diseño del filtro también modifican las respuestas genéticas en fumadores. La investigación fue financiada por el Instituto Nacional de Investigación Dental y Craneofacial, el Instituto Nacional sobre el Abuso de Drogas y el Programa de Investigación de Enfermedades Relacionadas con el Tabaco de la Universidad de California.
Médicos consultados advirtieron que el riesgo no puede medirse con los mismos parámetros que el tabaco
En diálogo con Infobae, el médico de familia Guillermo Espinosa, coordinador de GRANTAHI, programa de control de tabaco del Hospital Italiano de Buenos Aires, coincidió en que la diversidad de productos es un factor central. “Hay mucha variedad porque cambian las composiciones del líquido, de las baterías y de los componentes electrónicos”, dijo a Infobae.
Espinosa consideró que los hallazgos publicados en Frontiers in Oncology son un punto de partida válido para pensar que los cigarrillos electrónicos pueden desarrollar cáncer en usuarios habituales. También sostuvo que debería aplicarse el principio precautorio y que el producto no debería usarse hasta que se demuestre que no causa daño.
El especialista agregó a Infobae que hay pruebas de que los cigarrillos electrónicos generan metales pesados y sustancias que producen alteraciones celulares vinculadas con el cáncer. Aclaró además que el estudio analiza solo a usuarios directos y no a personas expuestas al aerosol exhalado.
Para Espinosa, se trata de “un buen inicio de evidencia de asociación directa con el cáncer”, aunque remarcó a Infobae que el número de participantes todavía no alcanza para afirmar que los cigarrillos electrónicos causan cáncer. También pidió impulsar más investigación y difundir estos resultados para desalentar el consumo entre los jóvenes.
El médico Alejandro Videla, presidente de la Asociación Argentina de Tabacología y jefe de neumonología del Hospital Austral, dijo a Infobae que los investigadores emplearon un modelo capaz de predecir si determinadas moléculas aberrantes se asocian con distintos tipos de cáncer. “Ahora tenemos una evidencia biológica que sugiere un riesgo aumentado de desarrollar cáncer. El problema es que todavía no podemos cuantificarlo, porque no sabemos con exactitud cuánto vapea cada persona ni qué cantidad de sustancias inhala realmente”, explicó a Infobae.
Videla añadió a Infobae que el estudio se ubica en una etapa muy temprana del proceso que conduce a una enfermedad porque detecta señales moleculares de alarma antes de que aparezcan síntomas o daños clínicos visibles. “Estamos muy al inicio del camino, no al final”, afirmó a Infobae.
A su juicio, los resultados refuerzan una advertencia sostenida desde la tabacología: “Los cigarrillos electrónicos constituyen un riesgo distinto al del cigarrillo convencional. Ese riesgo no puede medirse ni compararse con los mismos parámetros. El argumento de que vapear es menos dañino que fumar no se sostiene con esta evidencia”, dijo a Infobae.
Otro antecedente citado en el texto fue un estudio de Christina Watts y colaboradores, publicado en Health Promotion International, que documentó que la industria tabacalera y del vapeo apuntó de manera deliberada a los jóvenes mediante diseños atractivos, sabores, marketing en redes sociales y tácticas de presión para frenar regulaciones. Según ese trabajo, si esa interferencia no se monitorea ni se contrarresta, el resultado será una nueva generación de personas con dependencia de la nicotina.