Un aumento de manifestaciones animalistas entre jóvenes está generando hostilidad y llamados a la violencia en redes, al tiempo que expertos descartan una relación con patologías mentales y destacan su vínculo con la exploración identitaria
Algunos adolescentes que adoptan comportamientos animales y se identifican públicamente como therian han sido objeto de burlas, amenazas y hasta llamados a la violencia, una reacción social que expone la tensión entre la libertad subjetiva y las normas culturales establecidas. Este fenómeno, cada vez más visible en plazas y redes sociales, no corresponde a una patología psiquiátrica sino a un modo de explorar el lenguaje y la identidad. La respuesta social ante estos jóvenes, signada tanto por la agresividad como por la inquietud diagnóstica, evidencia la dificultad colectiva para alojar expresiones que desbordan lo considerado normal.
Diversas amenazas, burlas grupales y hasta convocatorias para agredir físicamente a quienes se reconocen como therian han sido reportadas públicamente en redes. Lejos de ser un caso marginal, la hostilidad adulta y juvenil revela una dimensión clínica y política en juego: el rechazo social se activa cuando emergen prácticas que perturban la categoría de lo humano establecida.
La búsqueda de identidad therian no implica necesariamente la reivindicación de un estatus legal o político. Más bien, señala la experimentación simbólica y autobiográfica en la adolescencia, una etapa reconocida históricamente por su plasticidad y ensayo. No obstante, la reacción social repite mecanismos conocidos: la burla, el estigma y en ocasiones la violencia, como respuesta inmediata frente a lo que trastoca el orden normativo.
El reciente ascenso de expresiones therian en el espacio público ocurre en un tiempo marcado por la crisis de los grandes relatos y la caída de utopías, según evidencia la proliferación online del fenómeno. Si antes estas vivencias quedaban circunscritas a foros digitales, hoy el fenómeno adopta visibilidad en plazas y encuentros presenciales, liderado principalmente por adolescentes.
Therianthropy: origen, vocabulario y distinción clínica
El término therian proviene del griego thērion (animal salvaje) y en la actualidad describe en contextos comunitarios online una identidad “other-than-human” centrada en animales no humanos. Desde los años noventa, quienes se identifican como therian han desarrollado un vocabulario propio que incluye conceptos como theriotype (teriótipo), awakening (despertar identitario) y shifts (desplazamientos), entre ellos los llamados phantom shifts utilizados para nombrar sensaciones corporales asociadas a su identificación animal, sin que ocurra una transformación física real.
No existe evidencia científica que vincule la experiencia therian con una patología mental estructural, según la literatura cualitativa. La experiencia se manifiesta como un proceso subjetivo gradual y no como una irrupción delirante ni como una pérdida del juicio de realidad, señala la investigación publicada en 2014 en Identity: An International Journal of Theory and Research. Existe, además, una distinción conceptual clara entre las vivencias identitarias comunitarias y la zoantropía o licantropía clínica, fenómenos sí descritos en la psiquiatría tradicional en el marco de cuadros psicóticos graves.
La literatura científica, especialmente desde 2025, advierte que los estudios clínicos sobre zoantropía diferencian a los sujetos que creen haber sufrido una transformación física real —casos excepcionales asociados a síntomas psicóticos— de las comunidades therian que experimentan su animalidad como una identidad interna y consciente.
Las descripciones personales dentro de las comunidades therian insisten en la continuidad del cuerpo humano y en la falta de aspiración hacia la metamorfosis biológica. En consulta clínica, adolescentes han definido su experiencia como una identificación profunda, pero no rupturista con la legalidad ni con los parámetros de la realidad compartida. Así, el fenómeno se aleja de los parámetros diagnósticos clásicos vinculados a trastornos del pensamiento.
Animalidad, metáfora y cultura: raíces históricas de la híbridez
La identificación con figuras animales no es un fenómeno propio de la contemporaneidad. Más de treinta milenios separan a los pioneros creadores europeos de figurillas y pinturas de cuerpos híbridos de los adolescentes therian, pero el impulso simbólico es comparable: ni los primeros buscaban describir la zoología, ni los actuales encarnan literales transformaciones.
La Grecia antigua, las culturas originarias de América del Norte y los carnavales del norte argentino dieron lugar a dispositivos rituales y poéticos donde lo humano y lo animal conviven en máscaras, danzas, relatos y escenas públicas. En la Bajada de los Diablos en la Quebrada de Humahuaca, por caso, las máscaras de cabra, zorro o buey y personajes como el Oso jujeño representan la fuerza silvestre en un drama colectivo y ritual, realizado sin que ningún participante sea percibido como ajeno a la realidad consensuada.
El propio teatro griego utilizaba máscaras animales para vehiculizar conflictos sociales y subjetivos, confirmando la función poética y política de la metamorfosis. La cultura popular, incluso hoy, emplea metáforas animales: las personas valientes son “leones”, quienes destacan por su astucia son “zorros” y la soledad se expresa con el lobo como motivo recurrente. La animalidad, lejos de desaparecer, permanece arraigada en la gramática simbólica y cultural.
Identidades, lenguaje y performatividad social de la diferencia
Distinguir entre metáfora, enfermedad y performance resulta clave al analizar fenómenos identitarios contemporáneos. La metáfora, como mecanismo central en psicoanálisis y lingüística, permite a los sujetos expresar deseos y experiencias internas mediante desplazamientos de sentido. Freud y Lacan mostraron que buena parte de la vida psíquica recurre a sustituciones y condensaciones, y el lenguaje, como sistema performativo, es capaz de producir y organizar realidades sociales.
En la adolescencia, la exploración identitaria se intensifica. El cuerpo, los gestos, la estética y el despliegue en redes sociales funcionan como vehículos de sentido. La identificación como therian, en este contexto, puede leerse como una metáfora vivida, como una ampliación del repertorio simbólico juvenil antes que como un síntoma patológico.
Distintos estudios publicados en 2018 y 2020 profundizaron en los procesos de “despertar” identitario y la función de pertenencia comunitaria de las comunidades otherkin y therian online. Los hallazgos coinciden en que sus miembros distinguen claramente entre la internalización de una identidad y la transformación corporal, careciendo de pérdida del juicio de realidad.
El accionar social de medicalización y diagnóstico rápido responde más a la inquietud ante la diferencia que a evidencias clínicas. La patologización automática ha probado ser potencialmente dañina, impidiendo comprensiones más complejas del fenómeno y agravando el sufrimiento de quienes buscan simplemente dar voz y forma a expresiones subjetivas.
Reacciones sociales y el desafío de la convivencia simbólica
El ethos contemporáneo parece precipitarse hacia diagnósticos y clasificaciones ante cada fenómeno juvenil que modifica la escena pública. Los hechos recientes muestran que gran parte de la reacción adulta se mueve entre la alarma moral y el desprecio, recurriendo con rapidez al discurso médico o al escarmiento.
La cultura ha recurrido históricamente a imágenes animales para pensar sus propias fracturas, zonas de sombra o tensiones irresueltas. En tiempos marcados por la difusión de discursos de odio y la visibilización de abusos, el desplazamiento identitario puede ser leído no como desajuste sino como una respuesta simbólica ante una humanidad percibida como degradada.
La distancia entre la reacción social y la experiencia interna de jóvenes therian revela los límites de las clasificaciones normativas. El fenómeno invita a revisar los marcos desde los que se interpretan las formas de diferencia y a preguntarse por la función que cumplen los nuevos dispositivos de visibilización, propios de las redes sociales y la cultura digital, en la construcción de la subjetividad adolescente.
Más que un síntoma de colapso o crisis inédita, la irrupción pública de los therian podría estar señalando un principio cultural persistente: la necesidad humana de recurrir a lo animal para pensar el deseo, la pertenencia y la convivencia en contextos de transformación.