La comunidad científica analiza posibles consecuencias del impacto de 2024 YR4 sobre la Luna

Los escenarios incluyen la formación de un gran cráter, la dispersión de fragmentos lunares y la amenaza potencial para infraestructuras en órbita, al tiempo que se plantea una oportunidad de estudio inédita sobre el interior lunar


La posible colisión del asteroide 2024 YR4 con la Luna ha reavivado el interés mundial en torno al monitoreo de objetos cercanos a la Tierra y la gestión internacional del espacio próximo. Aunque la amenaza para nuestro planeta es hoy prácticamente nula, los modelos más recientes, elaborados tras observaciones del Telescopio Espacial James Webb, señalan una probabilidad cercana al 4 % de impacto lunar el 22 de diciembre de 2032. De concretarse, el evento liberaría una energía equiparable a una arma termonuclear de tamaño medio, muy superior al impacto registrado sobre la superficie lunar en 2013. Esta potencial colisión plantea desafíos técnicos y, al mismo tiempo, representa una ventana inédita para la ciencia, según analizó el astrónomo Yifan He, de la Universidad de Tsinghua, en un artículo publicado como preimpresión en arXiv.

El informe subraya que, en caso de producirse el choque, se formaría un cráter de aproximadamente un kilómetro de diámetro y hasta 260 metros de profundidad. Este resultado permitiría avanzar en el conocimiento sobre la formación de cráteres en cuerpos sin atmósfera y sobre la historia de los bombardeos que han modelado la superficie de la Luna a lo largo de miles de millones de años.

Esta alarma no surgió de inmediato. Cuando el objeto fue detectado, su órbita original lo incluía entre las amenazas más preocupantes para la Tierra en los últimos años, con probabilidades de impacto superiores al 3 %, lo que llevó a su inclusión en la lista de vigilancia prioritaria de agencias espaciales. Posteriormente, instrumentos terrestres instalados en Chile y Hawái refinaron las proyecciones y minimizaron el riesgo para nuestro planeta a valores casi insignificantes. Sin embargo, el complejo patrón orbital del asteroide y su paso cercano al sistema Tierra-Luna mantuvieron su seguimiento en la agenda científica internacional.

El último salto analítico provino del James Webb, cuyo estudio infrarrojo elevó la probabilidad de impacto lunar y acentuó la importancia de una vigilancia continua. Este interés se vio reforzado por el análisis de los posibles efectos inmediatos y secundarios. Aunque la comunidad de expertos, como Pawan Kumar, descarta que un suceso así suponga peligro para la Tierra —afirmando que “no sería motivo de preocupación”—, las simulaciones de partículas eyectadas apuntan a impactos secundarios susceptibles de afectar a la infraestructura humana en órbita.

Según los cálculos, un fragmento de tal magnitud podría generar una lluvia de meteoritos que alcanzaría “decenas de millones de meteoros por hora” en algunas zonas, sobre todo en Sudamérica, el norte de África y la península arábiga. Durante varios días, millones de fragmentos entrarían en la atmósfera y serían visibles a simple vista, junto a la aparición de cientos de bolas de fuego cada hora.

Las consecuencias no se limitarían al espectáculo visual, ya que parte del material expulsado permanecería en órbita, incrementando el riesgo para los satélites y las megaconstelaciones dedicadas a comunicaciones y navegación. En un caso extremo, advierten expertos, este fenómeno podría potenciar el llamado síndrome de Kessler, acumulando basura espacial y complejizando el uso seguro del espacio cercano.

En el otro extremo aparece la posibilidad de obtener fragmentos lunares en la Tierra: los modelos sugieren que hasta 400 kilogramos de material podrían sobrevivir al reingreso atmosférico. Aunque sometidas a altas temperaturas, estas muestras funcionarían como una “misión gratuita de retorno de material lunar”, ampliando la comparación con restos recogidos por vuelos tripulados y sondas automáticas.

Desde el punto de vista planetario, el impacto estaría lejos de provocar catástrofes. Los científicos descartan alteraciones en la órbita lunar y sostienen que la mayor parte de los restos se destruiría al atravesar la atmósfera terrestre. Sin embargo, el evento abriría interrogantes sobre la gestión activa del espacio, con la balanza oscilando entre proteger los sistemas humanos en órbita o aprovechar la oportunidad científica que un suceso así podría brindar.

El potencial científico es vasto. La energía liberada generaría no solo un cráter sino también un charco central de roca fundida de alrededor de 100 metros de ancho y un fuerte terremoto lunar, con una magnitud cercana a 5.0. La propagación de las ondas sísmicas resultantes permitiría analizar la estructura interna de la Luna —incluyendo el tamaño del núcleo y la composición del manto— sin la necesidad de misiones invasivas. Este escenario coincide con los planes de nuevas misiones tripuladas y el despliegue de sismógrafos avanzados para mejorar los modelos del interior lunar.

Además, el caso 2024 YR4 constituye “un banco de pruebas para sistemas de monitoreo, toma de decisiones y respuesta coordinada a nivel internacional”, planteando dilemas sobre la conveniencia de una misión de desvío preventiva versus el valor excepcional de un impacto natural documentado en tiempo real.

Las agencias ya evalúan acciones, aunque la decisión resulta compleja: desviar el asteroide podría proteger la infraestructura espacial, pero eliminaría la ocasión de observar un evento astronómico único y expandir el límite del conocimiento sobre impactos de alta energía en sistemas planetarios.

De origen en el cinturón de asteroides entre Marte y Júpiter, 2024 YR4 sirve para mejorar los modelos de predicción y la capacidad de anticipar encuentros cercanos con la Tierra o la Luna. La lección central, según la revisión del caso en arXiv, reside en la importancia de la vigilancia y la cooperación científica sostenidas frente a un entorno cósmico tan dinámico como imprevisible.

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